Dejarnos en paz con lo que somos 

Dejarnos en paz con lo que somos

Hay una conversación que pocas veces nos atrevemos a tener en serio.  

Desde mi gratitud a Maria Colodrón con quien he compartido los conocimientos sistémicos y sus intervenciones en familias, quisiera compartir reflexiones que se han vuelto para mí, como teas en medio de los momentos de oscuridad o de “noche profunda del alma”, como diría San Juan de la Cruz.  

No la del «cómo mejorar» ni la del «qué herramienta aplicar». Sino la de fondo. La que toca hueso. 

Somos seres mortales. Eso no es un detalle biográfico: es la arquitectura de todo lo que vivimos. Cada elección, cada abrazo, cada proyecto tiene peso precisamente porque termina. Sin la muerte, nada importaría de verdad. 

Somos seres incoherentes. Pensamos una cosa y hacemos otra. Amamos y herimos en la misma tarde. Queremos cambiar y volvemos al mismo lugar. No es un fallo del carácter: es la textura real de lo humano. La coherencia perfecta no es virtud, es rigidez. 

Somos seres que duelen. El dolor no es una señal de que algo salió mal. Es la señal de que algo importó. Que estuvimos presentes. Que no nos quedamos al margen de nuestra propia vida. 

Somos seres culpables. No como condena, sino como consecuencia de haber elegido. Quien nunca se siente culpable de nada, simplemente no ha elegido nada de verdad. La culpa, bien mirada, es la huella de nuestra libertad. 

Y somos seres que sufren. No todo el tiempo, no para siempre, pero sí inevitablemente. El sufrimiento no es un error del universo. Es parte del precio de estar vivo y conectado. 

Podríamos pasar la vida entera intentando resolver todo esto. Eliminar la muerte. Volvernos coherentes. Anestesiar el dolor. Librarnos de la culpa. Acabar con el sufrimiento. 

Y en ese intento, curiosamente, perdemos la vida que veníamos a vivir. 

¿Y si en lugar de resolverlo, lo habitáramos? 

Y si la pregunta no fuera “¿cómo evitar esto?” sino “¿qué me dice esto sobre quién soy y qué estoy aquí para hacer?” 

La mortalidad nos devuelve al presente. La incoherencia nos mantiene humildes y curiosos. El dolor nos dice qué amamos. La culpa nos llama de vuelta a lo que nos ha importado. El sufrimiento nos abre a los demás. 

Nada de esto hay que celebrarlo con entusiasmo forzado. No se trata de positivizar el dolor. Se trata de algo más difícil y más honesto: dejar de estar en guerra con la condición de ser humano.